CONTEMPLATIVOS EN LA ACCION
Domingo XXIX. Tiempo Ordinario. C

La primera lectura de la liturgia de hoy nos habla de una batalla entre Israel y Amalek. Mientras Moisés tenía las manos en alto en oración, Israel era el más fuerte. Cuando, cansado, Moisés dejaba caer las manos, Amalek llevaba la ventaja. Además, el evangelio nos habla de aquel juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres. Pero tenía que hacer justicia a una viuda, porque lo importunaba continuamente. El evangelio pregunta si Dios no hará justicia a los elegidos, que día y noche lo están llamando pidiendo justicia.
Es claro que la liturgia se centra en la oración. Pero no es sólo una enseñanza sobre la oración, sino sobre la necesidad de orar siempre sin cansarse. Sin embargo, sin omitir la necesidad de ciertos tiempos que se dedican sólo a la oración, la liturgia va más allá y nos propone una existencia orante, una manera de ser que incluye un diálogo con Dios, un horizonte en el que podemos vivir habitualmente, abiertos a nuestra relación con Dios.
La piedad cristiana, a través de los siglos, en sus diversas tradiciones, ha encontrado varias maneras de imitar el Señor Jesús, quien vivía constantemente con su corazón dirigido hacia el Padre. En relación con eso hoy quisiera pensar con ustedes sobre el proyecto Ignaciano de la “contemplación en la acción”. ¿Qué es lo que san Ignacio quería decir con esa fórmula?
Somos “contemplativos en la acción” cuando nuestro modo de ser y de actuar permanece perfectamente abierto a un diálogo con Dios. Sabemos por la fe que siempre estamos presentes a Dios, y que Dios siempre está presente a nosotros. Y esa fe, por gracia, se puede convertir en una experiencia. Podemos sentir la mirada de Dios, y esa mirada nos comunica dos cosas: La primera es unsentido de reverencia muy especial. “Muy especial” significa que esa reverencia supera al respeto que mostramos en este mundo a las personas que merecen respeto. Esa reverencia es la experiencia de un mundo que supera al mundo en que vivimos. Nos enseña algo sobre las palabras que decimos cuando recitamos el “Padre Nuestro”. “Padre Nuestro que estás en los cielos”, decimos. La reverencia nos hace tocar ese mundo en que nuestro Padre Celestial se manifiesta más particularmente. Además, esa reverencia puede y debe convertirse en respeto hacia las personas que encontramos en este mundo.
Pero la reverencia nos enseña algo más. Nos abre el corazón para aceptar como venidas de las manos de Dios los encuentros con cosas y personas durante ese día. Por eso consideramos esos encuentros como mensajes que nos comunican la Palabra de Dios. Y podemos recibir la gracia para interpretarlas y responder adecuadamente. Esas actitudes pueden convertirse en hábitos, y esos hábitos nos ayudarán para que nuestra existencia, nuestra manera de ser y de actuar, se conviertan en una existencia orante.
Así pues, la fe en la presencia de Dios, reforzada con una experiencia de gracia que tiende a convertirse en hábito, va dando a nuestra vida una apertura que desemboca en la oración.
Hay otra actitud que refuerza a ésta. El contemplativo en la acción antepone en su conciencia la verdad, que se deja normar por la Palabra de Dios, a la sinceridad, que consiste en la simple coherencia con uno mismo. Por ejemplo, san Pablo era perfectamente sincero cuando perseguía a los cristianos. Había que llevarlos presos a Jerusalén, y si las autoridades así lo determinaban, había que matarlos a pedradas, como habían hecho con san Esteban. Pero cuando Pablo se encontró con la Verdad, fue derribado de la vida que llevaba y de su sinceridad que contradecía a la Verdad. De manera semejante, puede pensarse que los judíos que formaban el Sanedrín que decidió la muerte del Señor Jesús. Eran perfectamente sinceros. Pero lo que consiguieron con esa sinceridad fue matar a la Verdad, que se había hecho hombre para la salvación de todos. Pero lo que pasó a Pablo y a los judíos puede pasarnos a nosotros: Podemos vivir satisfechos con nuestra sinceridad, mientras pisoteamos a la Verdad.
Solo cuando, más allá de la sinceridad, hacemos de la Verdad el centro de nuestras vidas, la reverencia de que hablábamos hará que brote en nosotros un respeto amoroso y un amor respetuoso hacia el Señor Jesús que es la Verdad. Y ese respeto y amor se extenderá a nuestros hermanos y hermanas, aunque sean humanamente menos excelentes.
Hemos pensado cómo la reverencia hacia Dios, y el hacer de la Verdad el centro de nuestras vidas formarán hábitos en nosotros, que conservarán la apertura que desemboca en la oración. Con esto hemos hecho una interpretación del amor de que san Pablo habla a los Corintios, y que los cristianos llamaron Agape: el amor que produce el Espíritu Santo en nosotros. Ese amor, dice san Pablo, “es paciente, es servicial, no es codicioso ni busca aparentar, no busca su propio interés, no se exaspera, deja atrás las ofensas y las perdona, no se alegra de la injusticia sino de la verdad, soporta siempre, cree siempre, espera siempre, aguanta siempre” (1Cor, 13, 4-7).
Este es el amor que derrama el Espíritu Santo en nuestros corazones. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a hacer de la Verdad el centro de nuestras vidas. Es el que produce en nosotros la reverencia que nos lleva a la oración.
J.E. Pérez Valera S.J.

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